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PUEBLO TRÁGICO

Cholula

¿Se imagina usted un puente atirantado sobre la Calzada de los Muertos en Teotihuacán?, ¿o acaso un tren bala que comunique las Cascadas de Agua Azul con la zona arqueológica de Palenque?, ¿por qué no un atractivo teleférico capaz de sobrevolar la pirámide de Chichén Itzá? Son absurdos en la más grandiosa extensión de la palabra; pero profundamente aterradores cuando se vuelven parte de las acciones que transforman –o más bien que deforman– el espacio público a merced de las estructuras gubernamentales.

No faltará algún lector que advierta cierta exageración en mis comentarios, incluso aversión: no olvidemos la irreparable tragedia de la que fue objeto el Fuerte de Guadalupe, hoy parece un aparador de una tienda comercial de prestigio; y que decir de aquella magnífica Casa del Torno, construida entre los siglos XVII y XVIII, y ubicada a unos pasos de un teatro que tiene fama de ser uno de los más antiguos de América, las espantosas varillas y escombros a los que se ha reducido el inmueble se han convertido en testigos fidedignos del más grande despotismo que recordemos los poblanos en los últimos años. No es producto de la casualidad que “el estilo personal” del gobernador Rafael Moreno Valle esté al centro de las reflexiones nacionales; no precisamente por sus aspiraciones presidenciales, para mala fortuna de los profesionales que llevan su imagen pública, sino por la patología que a diario reproduce, para muestra un ejemplo:

La construcción de un puente atirantado, una propuesta arquitectónica propia de mediados de siglo pasado, ubicado a tan sólo 400 metros de la base de una pirámide icónica, constituye una completa agresión a nuestro patrimonio, a nuestra memoria histórica y cultural. ¿Cómo puede explicarse lo inexplicable? ¿Cómo es posible “un pueblo mágico” con un armatoste de concreto producto de un modernismo trasnochado? Muy pronto Cholula cobrará renombre internacional por ser la primera ciudad milenaria con una ocurrencia de este tipo a las puertas de una zona arqueológica.

El beneplácito y vanagloria de todo el aparato gubernamental indigna y contrasta con la opacidad de su comunicación social: al momento que transcurre, con un avance del 15 por ciento del llamado “distribuidor”, es un auténtico misterio si el Instituto Nacional de Antropología e Historia dio o no los permisos definitivos para la construcción de semejante anacronismo. Desde luego la inconformidad de los trabajadores del INAH no se hizo esperar, las protestas han atravesado las fronteras de la entidad, cada una de las organizaciones civiles que apoyan el derecho a la movilidad de peatones y ciclistas han hecho lo propio, y a pesar de las voces disidentes –entre ellas las de verdaderos expertos en desarrollo urbano y regional– la política gubernamental en Puebla no conoce diálogo ni acuerdo, simplemente se impone a pesar del tamaño de las resistencias, en contra de cualquier diagnósticos o estudio técnico por más preciso o especializado que éste sea.

Para colmo de males, durante la misma semana en que Cholula fue ratificada como la sede del Congreso Nacional de Peatones, a celebrarse en Mayo de 2015, los ciudadanos de a pie que por rutina o por necesidad deben atravesar la zona conexa a los trabajos de la Secretaría de Infraestructura –Ruta Quetzalcóatl y 5 de Mayo– han vivido un infierno lamentable: entre escombros, barrancas, ausencia de banquetas y vallas mal puestas que intentan ocultar –o más bien advertir– la existencia de boquetes a cielo abierto de hasta dos metros de profundidad, deben realizar la hazaña en la que se ha convertido caminar por las inmediaciones de un distribuidor que comprueba que “las acciones que transforman” son para beneficio de los automóviles; pues a juicio de aquellos que están atrás del volante, y de los que están ladeando los autos –quienes por cierto absorben con sus pagos y contribuciones esta clase de ocurrencias–, desde el comienzo de las obras el recorrido se ha hecho sin presencia alguna de agentes de vialidad.

El colmo del sarcasmo: Leo Paisano, el presidente municipal de San Andrés Cholula que ignora muchos conceptos de primaria, entre ellos el de “protección civil”, es incapaz de advertir –y en mi opinión de pensar– que la marcada ausencia de agentes de tránsito está exponiendo a la población a un riesgo constante que, de resultar en una tragedia, lo responsabilizará para siempre. Pobre Cholula: tan cerca de la desgracia y al vilo de la indiferencia.

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VUELTA EN Ü

WP 09Nunca antes en Puebla un debate había generado tanta expectativa. En una contienda tan reñida y polarizada la posibilidad de ver a los candidatos a la presidencia municipal de Puebla medir fuerzas siempre resulta sugerente; máxime después de la interminable lista de demandas, de descalificaciones mutuas, de las inmisericordes planas de diarios nacionales y locales, de los grandes esfuerzos tras bambalinas realizados por los equipos de campaña para ridiculizar y enlodar la imagen del contrincante; sin olvidarnos de los ejércitos de bots adictos al halago concesionado y a la descalificación a sueldo, y por supuesto después de las grandes disputas por los presuntos desvíos y enriquecimientos ilícitos inmersos en las declaraciones patrimoniales de los dos candidatos punteros. A pesar de tal intensidad en los términos generales de la contienda: nunca antes un debate nos había decepcionado tanto.

El #DebatexPuebla, un esfuerzo de la iniciativa privada plagado de errores de producción imperdonables y de preguntas maratónicas incomprensibles, distó mucho de ser “un arreglo de cuentas” entre los contendientes; tanto el candidato de Puebla Unida como aquel que representa a la Coalición 5 de Mayo desperdiciaron la oportunidad de aclararle a la ciudadanía el origen y la razón social de cada peso inmerso en sus inmensas fortunas, 77 y 19.5 millones respectivamente, y la cortesía era un imperativo necesario dado que el 39.9 por ciento de la población que radica en el municipio de Puebla se encuentra atrapada, no solamente por los daños y gastos colaterales que ha generado el Sistema Ruta, o por el caos vial producto de la construcción de puentes presuntuosos y grandes avenidas de concreto hidráulico, o se encuentra deslumbrado por el creciente prestigio académico de la BUAP o por el glamour de una Rueda de Observación; ese porcentaje, que equivale aproximadamente a 732,154 personas según datos presentados por el CONEVAL, también sobrevive ladeando los indicadores de una pobreza injusta y deleznable. Insisto, por encima de cualquier otro tema la transparencia y la honestidad del futuro presidente municipal de Puebla era un asunto urgente y necesario; y curiosamente el silencio en ese rubro fue abrumador.

Tanto Enrique Agüera como Antonio Gali prefirieron “darle la vuelta en Ü” –si se me permite la espantosa expresión– al escabroso tema de sus declaraciones patrimoniales y hablar de los asuntos de la ciudad. La alternativa resultó contraproducente en tanto los dichos y las imágenes hablaron por sí mismas: abrumado y con un pésimo manejo corporal Agüera Ibáñez reiteradamente apeló al respeto, la generosidad, la inclusión y la centralidad de la persona humana. En consecuencia bibliotecas, cultura, “un instituto emprendedor”, polideportivos, así como esfuerzos para “atomizar la inversión pública” –nadie entendió eso último– fueron las constantes en su discurso. Ante la pregunta expresa: “¿cómo limpiar el Atoyac?”, tal vez el momento más entrañable de su participación, el candidato con una inocencia inadvertida expresó: “rápido, lo haremos muy rápido”. Aunque se aplauden las buenas intenciones Puebla no es Ciudad Universitaria: los problemas del ambulantaje incentivados y cobijados por la actual administración; los robos implementados por bandas de autopartes y de casa habitación impunes y perfectamente focalizadas; la ineficiencia del sindicato del ayuntamiento, gran piedra en el zapato de los alcaldes desde tiempos inmemoriales; entre tantos otros problemas reales de la ciudad fueron opacados por frases huecas y demagógicas como “me gusta pensar en grande” o “haremos de Puebla la ciudad más segura del país”.

Gali Fayad no se quedó atrás. Con un manejo escrupuloso del discurso, una claridad a prueba de errores y una imagen digna e impecable también le “dio la vuelta” al complejo de problemáticas y errores que han arrojado la difícil gestión de Eduardo Rivera; el candidato prefirió esquivar esas ineficiencias con los logros y aciertos del gobernador Rafael Moreno Valle y con el papel desempeñado en su administración como secretario de Infraestructura. “Sé cómo hacerlo y te lo voy a demostrar” era la constante: más luminarias, más agua, más policías, más patrullas, más puentes, más infraestructura. No niega la cruz de su parroquia: los excesos son los membretes de su campaña. No obstante no todos los problemas de la ciudad son cuantitativos: aunque se necesitan más puntos de luz, sobre todo en aquellas colonias no municipalizadas, si una luminaria permanece intermitente o encendida día y noche es consecuencia de una red deficiente, se necesitan más de 30 años –y no precisamente concesiones millonarias– para modernizar la infraestructura interna del alumbrado público en el capital; el tema del agua constituye un problema parecido: el gran tema no sólo es el desabasto, también la mala calidad de los medidores causante de cargos injustificados en los recibos bimestrales, el robo de alcantarillas, la necesidad de desazolvar puntos concretos del drenaje profundo, así como la pésima calidad del vital líquido en las colonias con mayores indicadores de pobreza; esos son asuntos vitales en torno al problema del agua e increíblemente no se dijo una palabra al respecto.

En fin, no quiero abrumarlo más de lo que los candidatos ya lo hicieron, por el momento una cosa es cierta: después del #DebateXPuebla estamos como al principio, salvo por el hecho de que a los poblanos nos han comprobado que Miguel Ángel Ceballos, lejos de ser una leyenda urbana, realmente existe.

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PUEBLA NO ES AMSTERDAM

WP 20

Todos aquellos que a diario sufrimos –y con frecuencia disfrutamos– la ciudad de Puebla recordamos con irreverente sarcasmo el experimento fallido de ciclovía que Blanca Alcalá –hoy senadora de la república– inauguró sobre la 31 Oriente, entre Boulevard 5 de Mayo y Avenida 24 Sur. Este corredor, que perfectamente puede hacer las veces de un arma suicida para aquél aventurado ciclista que se atreva a utilizarlo, tristemente fue el primer referente de infraestructura apta para la movilidad no motorizada en la capital de la entidad.

Dicen que la historia tiene la manía de repetirse. A finales del año pasado el alcalde Eduardo Rivera, en el marco del Corredor Turístico Los Fuertes-Catedral, anunció la construcción de un proyecto similar en el Centro Histórico. Desde luego muchos ecologistas entusiastas vieron detrás de una decisión tan peculiar el primer paso para la “peatonización” del primer cuadro de la ciudad; no obstante conforme fueron avanzando los trabajos el beneplácito se fue desvaneciendo. Poco a poco, entre los meses de enero y febrero de 2013, los corredores fueron emergiendo del trazo urbano del siglo XVII para situarse sobre la 7 Oriente-Poniente y la 5 Norte principalmente.

Los desperfectos salieron a relucir desde el primer día: a) la carpeta asfáltica no está homologada, tampoco el ancho de la vía, en algunas calles hay adoquín en otras concreto estampado, algunos tramos cuentan con 2.50 metros de ancho y otros con sólo 1/3 de esa amplitud; b) ciertamente existen zonas con delineadores reflejantes y esferas de seguridad mientras que otras apenas llegan a vieletas incapaces de brindar protección a los esporádicos ciclistas; c) asimismo habría que considerar que la reducción de los carriles predispuestos para la circulación vial fue dramática, y aunque se intentó solucionar este problema prohibiendo el estacionamiento en las laterales, la falta de infracciones por parte de Tránsito Municipal ha reducido la afluencia a un solo carril, causando un incremento significativo en aquello que toda ciclopista pretende evitar: congestionamiento y contaminación ambiental; d) finalmente, y por si todo lo anterior no fuera suficiente, los mediocres esfuerzos de la señalética han dejado a las veredas carentes de sentido y dirección.

Y aunque cada uno de estos factores son más que suficientes para declarar el desafortunado experimento “ecológico” de Eduardo Rivera, de la regidora Verónica Mastretta así como de la Comisión de Transporte y Medio Ambiente del ayuntamiento como una obra inconclusa, no planificada y defectuosa en el más amplio sentido de las palabras; habría que añadir una serie de componentes  vernáculos que bien podrían sintetizarse en la siguiente expresión: “Puebla no es Ámsterdam”.

La comuna no consideró que llevar una ciclopista al centro histórico de la ciudad implica un despliegue cuantioso de recursos públicos y humanos que van más allá de la simple infraestructura que requiere una movilidad no motorizada: en primer instancia se necesitan modificaciones al COREMUN para flexibilizar los usos de suelo que permitan más estacionamientos, con precios más accesibles, que permitan a los ciudadanos “bajarse de sus autos” para “subirse a sus bicicletas”; en esa misma lógica también habría que establecer reformas a los reglamentos de tránsito, acompañadas de patrullajes sistemáticos capaces de llevar a efecto las infracciones pertinentes; y aun así todo esto sería inútil sin campañas sociales, mediáticas en esencia, que extiendan entre los automovilistas y operadores del transporte público una cultura vial de respeto y preferencia a los peatones y ciclistas; además de una serie de fatigas frecuentes por parte de los elementos de la SSPTM para mantener a raya el comercio informal y evitar lo que hoy está sucediendo a lo largo de la 5 Norte, que la ciclopista en vez de ser un espacio recreativo y turístico se convierta en un lugar de resguardo y protección de los ambulantes.

Por supuesto desde los balcones de palacio municipal estos y muchos otros problemas no se alcanzaron a vislumbrar con claridad, la miopía de los regidores fue descomunal, pues optaron por fetichizar el llamado “ciclismo urbano” tornándolo en un motivo de escarnio e indignación pública. Así las cosas en Puebla, definitivamente cada día más lejos de “la ciudad que queremos”.

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