BELLAS ARTES: PANEM ET CIRCENSES

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“La persona que juzga -como dice Kant con mucha elegancia-

sólo puede galantear en busca del consentimiento del otro

con la esperanza de llegar, por último, a un acuerdo con él”.

Hannah Arendt

 

¿Por qué la utilización del máximo recinto cultural del país, el Palacio de Bellas Artes, para homenajear a alguien que se dice ser “el apóstol de Jesucristo”, no ha generado indignación más allá de un reducido circulo de intelectuales, artistas y el club de asiduos del maravilloso escenario proyectado a principios de siglo pasado por Adamo Boari y Federico Mariscal? ¿Por qué, ante un ultraje tan penoso y evidente, tanto la secretaría de la Cultura como el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL), en tiempos de “la cuarta transformación”, afanosamente han sostenido que el teatro “no fue solicitado, ni autorizado para hacer ningún homenaje a ningún líder religioso”? ¿Qué clase de alianzas y contubernios, que nos recuerdan mucho las escenas de las dictaduras militares de Chile y Argentina de los años 70, existen entre la Iglesia de la Luz del Mundo y la Sinfónica de la Marina Armada de México, una institución laica, únicamente al servicio de los honores al lábaro patrio y la conmemoración de las gestas heroicas del Estado mexicano? Y finalmente, ¿hasta dónde la clase política dominante, la misma que devotamente se ha curado en la salud de Andrés Manuel López Obrador, está comprometida con una organización religiosa que intenta restaurar los valores de la Iglesia cristiana del siglo primero? Muchas preguntas, desafortunadamente muy pocas respuestas.

El espíritu público en México, gracias a un fuerte centralismo y a un individualismo posesivo de mercado, está contrariado desde hace mucho con una sociedad de masas que no está interesada en la cultura sino en el entretenimiento; para el gran público, y tristemente para la secretaría de Cultura también, no hay diferencia entre la presentación de Carmina Burana junto al oráculo de la Luz del Mundo y aquella que en los próximos días presentará en Bellas Artes la Compañía Nacional de Danza. No nos encontramos ante al viejo conflicto entre arte y política, que no puede ni debe resolverse, pues ambos pertenecen a la esfera pública desde el momento en que están tensionados de principio; por el contrario, nos enfrentamos a un debate extemporáneo entre política y religión donde la solución del liberalismo, contraria a la medida conservadora que Andrés Manuel tanto ha satanizado en sus mañaneras, nunca ha sido su fusión sino su autonomía recíproca y separación pragmática. ¿Quién diría que el gobierno de quien llegó a la presidencia asegurando que “él se hincaba donde se hinca el pueblo”, en una población mayoritariamente católica, terminaría reparando los agravios que los gobiernos anticlericales de Plutarco Elías Calles y compañía le hicieron al padre de Naasón Joaquín García abriéndole las puertas de Bellas Artes?

La noche del pasado viernes 17 de mayo, durante el habitual concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional, la protesta irrumpió en la sala de espectáculos: “los grupos artísticos del INBAL rechazamos el ilegal, abusivo y doloso uso del Palacio de Bellas Artes para la realización de eventos privados de carácter religioso disfrazado de concierto operístico, titulado El Guardián del Espejo”; la manta se leyó entre los aplausos del público asistente. Hasta el momento no han habido más réplicas: aún permanece un fuerte control corporativo en cada una de las funciones administrativas del Estado, y la secretaría de Cultura no es la excepción, no se trata de indiferencia por parte de los miembros del Coro y la Orquesta del Teatro de Bellas Artes o el Ballet Folklórico de México; la posición de los artistas es delicada, Srba Dinić –a disgusto– acaba de salir por la puerta trasera de la Ópera de Bellas Artes y la política de austeridad, en honor a la verdad, ha dejado una cartelera cualitativamente disminuida; la situación de los trabajadores del INBAL dista mucho de ser diferente, presas de salarios caídos, opacidad e intensos conflictos sindicales desde hace más de un sexenio, resultan ser los menos apropiados para convertir una protesta en un movimiento en defensa de la producción artística libre de proselitismo religioso.

“Nos sentimos violentados, porque si bien las autoridades del INBA dicen que no tuvieron nada que ver, estaban entre el público”, declaró enfático Francisco Chavero Briseño, presidente del Sindicato Nacional de Grupos Artísticos. La lista de miembros destacados de la 4T era copiosa: los senadores Martí Batres, Félix Salgado Macedonio, Julio Ramón Menchaca; los diputados Sergio Mayer, Héctor Yunes; acompañados de la subdirectora del INBAL, Laura Ramírez Rasgado, y hasta del Fiscal Electoral José Agustín Ortiz Pinchetti, entre muchos otros. Las preguntas siguen siendo consignas: ¿por qué mintió públicamente la secretaría de la Cultura?, ¿por qué negó la inocultable condición religiosa de un evento en cuyo programa de mano apareció el rostro del mismo Naasón Joaquín García enmarcado en la luz del mentado espejo? La mentira, una práctica que en otras ocasiones ha repdoducido con devoción el gobierno de López Obrador, sólo es producto de la imaginación de quien la emite pues el engaño sólo tiene éxito cuando la afirmación suena plausible, cuando las cosas pudieron haber sido como el mentiroso asegura que fueron; pero en el caso de Bellas Artes la falacia resulta incapaz de establecerse como un principio compartido pues quien la difunde ha convocado a la indignación siendo presa fácil del escarnio.

No es un secreto para nadie que todos los ámbitos de la vida pública en este país atraviezan por un desgaste sin precedentes, y el problema se agrava cuando Bellas Artes es parte de un sistema burocrático incapaz de asumir la responsabilidad de sus procedimientos; ya no hay necesidad que el presidente salga a decir ante la opinión pública: “no te preocupes Alejandra Frausto” pues, en tiempos de la 4T, esa frase se ha sustituido por otra mucho más desvergonzada: “nosostros tenemos otros datos”. No habrá renuncias, “la verdad histórica” del INBAL quedará para la posteridad: “el teatro fue solicitado por el senador Rogelio Zamora Guzmán y la Asociación de Profesionales y Empresarios de México pagó 184 mil 413 pesos por la renta del recinto cultural más importante de México, en ningún momento se autorizó un evento religioso”.

¿Se trata de un caso más de inepetitud gubernamental a la que los ciudadanos nos hemos resignado con estóica paciencia? ¿O acaso existe una decidida intención por parte de López Obrador de propagar desde las instituciones del Estado sus valores cristianos envueltos en los ropajes de un aparente discurso cívico democrático? Hasta el momento sólo tenemos indicios: los mensajes apostólicos, dignos de un pastor frente a su rebaño en las mañaneras de Palacio Nacional; la propagación de la Cartilla Moral de Alfonso Reyes que a la letra dice: “la práctica del bien supone el acatamiento a una serie de respetos, estos respetos equivalen a los mandamientos de la religión”; la entrega en fast track de tres concesiones para transmitir ondas de radio de uso social o comunitario a organizaciones dedicadas a la difusión de mensajes evangélicos por parte del Instituto Federal de Telecomunicaciones; en fin, tan sólo indicios, el curso del proceso político nos darán las respuestas que estamos buscando, lo cierto es que en tiempos de la 4T el espacio público secular está amenazado de principio.

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