ANDRÉS MANUEL Y LAS TRAMPAS DE LA FE

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“La naturaleza de los pueblos es inconstante:

resulta fácil convencerlos de una cosa

pero es difícil mantenerlos convencidos”

Niccolò Machiavelli

 

Una mañana cualquiera en un domicilio conocido de la colonia Roma: cuatro fresnos emergen de escuetas jardineras convertidas en auténticas salas de espera de ancianos enfermos, migrantes en apuros, desempleados, jóvenes madres de familia, niños curiosos; unos con cartas, otros con currículos, algunos con consignas y hasta con machetes en los puños; todos con necesidades legítimas, salvoconductos de viejas y nuevas rencillas a la expectativa de una audiencia, de un contacto, de una débil promesa de quien asegura estar listo para encabezar “la cuarta transformación de México”.

Aquellos que no esperan transitan, al dar vuelta en la esquina de la calle Monterrey se topan con el escenario de la esperanza, rápidamente advierten la autenticidad del evento; no se trata de un montaje y, sin embargo, la escena no corresponde a una casa de campaña financiada con el presupuesto público de un sistema de partidos en decadencia; se detienen, la curiosidad se apodera de sus prejuicios: hurgan en el patio, en los detalles de la fachada, reconocen el Jetta blanco de “las benditas redes sociales”, pasan revista a las ventanas con la única intención de mirar a quien reconocen de sobra, algunos preguntan a la manera de un vecino molesto “¿qué, ahí está Andrés Manuel?”, y se marchan de inmediato; otros sólo desean contribuir al espectáculo de su fanatismo con un selfie y un celular en la mano.

La escena se completa con un cuadro que permanece sin pretensiones, se trata de un enorme despliegue de reporteros, unidades satelitales, motocicletas, cámaras y micrófonos convertidos en los cristales con los que se mira una locación inédita en el desarrollo político nacional: Los Pinos poco a poco pierden su sentido, hemos confiado al libro de texto a Peña Nieto antes de tiempo, y no podría ser de otro modo, la casa de transición comprueba el protagonismo de un “presidente virtual” que en un mundo digital ha demostrado tener un grado más alto de credibilidad; día con día López Obrador bosqueja la trayectoria moral de su sexenio mientras sus secretarios salen al ruedo de la calle Chihuahua a “explicarle al pueblo” los lineamientos del “cambio verdadero”; de pronto el Plan de Anticorrupción y Austeridad Republicana acapara la cobertura informativa de la nación, aunque nadie aún tenga la certeza sobre sus procedimientos, plazos, sobre la implementación de un programa de acción, para el imaginario colectivo bastaron 50 promesas convertidas en decretos para enmendar –o agravar– el terrible estado de la administración pública federal.

¿Cómo fue que el discurso de Andrés Manuel, que no ha sufrido modificaciones en el último cuarto de siglo, logró moldear la mentalidad pública, expresar con fidelidad las emociones del desencanto y marcar la agenda de devotos y adversarios? ¿Por qué las campañas negativas, a diferencia de los procesos anteriores de 2006 y 2012, insultaron el coeficiente del electorado, convencieron a una masa de indecisos y dejaron en ridículo a sus promotores? Y quizá lo más importante, ¿qué pasó en México para que un líder social, proveniente de un ala de la izquierda conservadora, se transformara en un rockstar del templete y la campaña en el momento de mayor descrédito de la clase política?

Aunque es evidente que lo posee, la variable del carisma queda descartada. Casi 26 millones y medio de votantes le tienen desconfianza a López Obrador por sus políticas proteccionistas que han desafiado la retórica neoliberal en un país que ha logrado afianzarse en las semifinales del mundial de los pobres, 53.4 millones de mexicanos se encuentran en esta condición abyecta por definición; una masa incuantificable que deberá ser dirimida en el tribunal de las conciencias del 46.81% de la votación total emitida lo discrimina –o de plano lo detesta– por miles de razones imaginables, quizá todas ellas resumidas en una muy trágica: Andrés Manuel es la muestra viva de que el conflicto de castas sigue sin resolverse 497 años después de la caída de la México-Tenochtitlán.

La respuesta va en otro sentido. El señor AMLO fue el único político que creció a la par del colapso de las instituciones del Estado, literalmente hizo leña del árbol caído al denunciar con vehemencia una crisis republicana que agravaron los gobiernos de Vicente Fox y Felipe Calderón, y que continúo sin cortapisas Enrique Peña: desde la Casa Blanca de Las Lomas hasta el socavón del Paso Express, pasando por los 43 normalistas desaparecidos de Ayotzinapa en lo profundo de más de 200 mil memorias de duelo y tragedia, sin olvidarnos de gobernadores como Roberto Borge, Javier Duarte, Andrés Granier, Eugenio Hernández, Guillermo Padrés, Tomás Yarrington, auténticos aprendices del arte del peculado frente al desvío de más de 7 mil millones de pesos orquestado por el gobierno federal que, gracias a esquemas de triangulación y contubernio con universidades públicas, conocemos como “la estafa maestra” de un país donde la impunidad de los responsables y el cinismo de los cómplices se convirtieron en la única función permanente del sistema; sin esa descomposición tan obscena de la dignidad de la vida publica las palabras de Andrés Manuel jamás hubieran cobrado sentido frente a 30 millones de electores que, casi en un acto de contrición, le confiaron el monopolio moral de la resolución de la tragedia nacional.

Y sin embargo López Obrador no hubiera logrado su cometido sin un aparato capaz de entretejer su “ambición legítima de ser un buen presidente” con los ramales del federalismo mexicano. Como en el PRI de antaño todos caben en Morena y sus satélites: Manuel Bartlett, Cuauhtémoc Blanco, Gabriela Cuevas, René Fujiwara, Napoleón Gómez Urrutia, Lino Korrodi, Nestora Salgado –por mencionar algunos–, cada uno proviene de coaliciones en rebeldía frente a la partidocracia dominante, al amparo de Andrés Manuel se montaron en la ola anti-elitista que invadió las emociones de la nación y ganaron una partida que jamás esperaron: poner punto final a siete cámaras de gobiernos divididos con 310 diputados federales y 69 senadores; junto con cinco gobernadores, una veintena de congresos con 385 diputados locales repartidos en 27 entidades federativas; además de 314 presidencias municipales. Morena y Andrés Manuel no sólo sacaron al PRI de Los Pinos, también acabaron legítimamente con los contrapesos que operan sobre el sistema de facultades del Ejecutivo; evidentemente la proeza de AMLO no consistió en sobrevivir tres sexenios y al final salir ganando, sino en legarle una base democrática, en condiciones de plena competitividad, a la metaconstitucionalidad del ejercicio del poder presidencial.

¿Podrá un gobernante con un Congreso adicto a su figura ejercer su poder con mesura y sin tendencias autocráticas? ¿Realmente Andrés Manuel conseguirá erradicar la escrófula de la corrupción con el simple contagio del ejemplo; a la manera de los reyes taumaturgos de los siglos XII y XIII con el ritual de la presencia y el tacto? ¿Serán suficientes los recortes presupuestales, la autosuficiencia energética y los esquemas de austeridad para brindarles opciones de vida digna a los mexicanos? Por ahora la creencia en el milagro, la fe en las proezas sobrehumanas capaces de ser alcanzadas por el soberano fue la respuesta precipitada de una minoría vinculante del electorado ante la debacle del Estado pero, ¿por cuánto tiempo el presidente podrá mantenerlos convenidos de que hicieron lo correcto?

 

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