EL JUEGO DE LAS CULPAS

Chalchihuapan

Rafael Moreno Valle lo hizo de nuevo: su nombre ocupa los encabezados y las líneas editoriales de las agencias de información más prestigiadas del país; desde la tormenta intempestiva de la opinión pública los lamentables acontecimientos de San Bernardino Chalchihuapan han ligado su percepción nacional con la represión instrumental que le caracteriza, y tal parece que no ha escatimado recursos en hacer aladre de un despotismo marcadamente tecnocrático, fundamentado en acciones capaces de transformarse en despreciables asaltos a las garantías individuales en nombre de un estado que no alberga al Derecho por ningún sitio. Ahora bien si de eso se trataba, si ese era el objetivo a perseguir en el camino de sus apetitos presidenciales; entonces debo reconocer que nuestro gobernador tiene colaborando a las personas más capaces en la materia, y que seguramente por ese camino lo llevarán a la máxima del aprecio ciudadano.

Desde luego me resulta muy difícil imaginar la construcción de una imagen pública con altos indicadores de aceptación mediante los actos vandálicos protagonizados por los cuerpos de granaderos el pasado 9 de julio en la Autopista Puebla-Atlixco. Debo confesarle que no comprendo cómo es posible que los gases lacrimógenos o las balas de goma, entre sus efectos, puedan generar aprecio, aceptación y reconocimiento por el principio de autoridad y el buen gobierno de un mandatario; francamente no lo entiendo, y si el gabinete de seguridad y su cuerpo de asesores son presas de la misma “falta de comprensión”, entonces habrá que llamar a la cordura y concluir que el estado de la gobernabilidad en Puebla está en grave riesgo.

Esta ocasión no será como las anteriores, no podrán “darle carpetazo” al estado agonizante del niño José Luis Alberto Tehuatlie Tamayo, víctima inocente de una violencia injustificable, tampoco podrán esperar pacientemente el olvido de la ciudadanía, hay cosas que la gente nunca olvida. La tragedia de Chalchihuapan ha marcado un parteaguas, una impronta imborrable en la figura de Moreno Valle, sencillamente ha llegado a un punto de no retorno en la percepción de su imagen pública. ¿Cómo fue posible que un político joven, de experiencia probada y pulcras cartas credenciales, en 2010 representara un principio de esperanza, una alternativa de renovación y quizá una oportunidad libertaria frente al autoritarismo; y paradójicamente, medio sexenio después, sea objeto de un desprecio creciente? No es casualidad que muchos analistas, entre ellos los más prestigiados del país en medios de circulación nacional hayan utilizado conceptos de alto calibre –cometiendo bastantes atropellos a la teoría política– como “autócrata”  y “dictador” para calificar “el estilo personal” de un mandatario que está en boca de la nación. Lejos de etiquetas exageradas y fobias con causa; ciertamente existe una radiografía de errores que lo han llevado a situarse justo donde se encuentra; tres puntos saltan a la vista:

    1. La omisión federalista.- Moreno Valle gobierna Puebla como un estado unitario, y le ha funcionado bastante bien en la mayoría de los casos; excepto en aquellos asuntos de gobernabilidad intrínseca que están atravesados por la herencia del federalismo mexicano. El hecho de que un grupo considerable de presidentes de juntas auxiliares amenacen con manifestarse a las puertas del Senado para exigir su derecho de seguir implementando las tareas del registro civil, la creación de una comisión especial que desde el Congreso de la Unión vigile el curso de las investigaciones, la intervención abierta de la PGR y hasta de la CNDH en el asunto, son contrapesos constitucionales diseñados para controlar el poder de los estados. Habrá que decir que no es el único gobernador que parte de esta omisión.
    2. El exilio de la razón.– diálogo es gobierno y acuerdo es consentimiento. Cuando la imposición se convierte en la forma predilecta de mandar se está desterrando de la esfera de los asuntos públicos a la política y todo lo que ella significa. El uso de las balas de goma como técnica de disuasión frente a “piedras de gran calibre” como herramienta de defensa son pruebas de la incapacidad de un gobierno de llegar a acuerdos sustentables, de administrar un conflicto sin poner en riesgo las garantías de los inconformes. Quien impone se niega a gobernar y se sujeta a la fuerza, y esa fuerza tarde o temprano se le revierte: los granaderos no están hechos para dialogar, mucho menos la turba de incompetentes que trabajan en la Secretaría General de Gobierno –desde hace varios meses la tranquilidad y la paz social han abandonado la entidad–, y parece que tampoco los legisladores que aprobaron una reforma a la Ley Orgánica Municipal predestinada a quebrarse en el terreno de la resistencia. Independientemente de quien resulte responsable por los hechos de Chalchihuapan el Gobierno del Estado es culpable de principio, por no haber agotado el diálogo, más bien por no haberlo iniciado.
    3. La inmediatez de la información.– la opacidad en el manejo de la información es el sello de la comunicación social de esta administración, definitivamente están a la vanguardia de hace medio siglo; mientras que los medios de comunicación del tiempo presente, inmersos en la lógica del mercado compiten por receptores, audiencias y lectores, su práctica diaria consiste en transmitir y comunicar de manera inmediata la nota del último minuto. Ni siquiera los diarios y portales digitales “políticamente correctos” se resistieron a la tentación de transmitir las fotografías y videos de la masacre. El bloqueo de la autopista fue tan prolongado que perfectamente le dieron tiempo a la prensa de cubrir la nota con toda precisión, y con ella los detalles de la violencia. El cuerpo de granaderos de la Secretaría de Seguridad Pública prácticamente montó un espectáculo de represión frente a los lentes de ciudadanos cautivos y reporteros osados que estaba en el lugar de los hechos; quien haya dado la orden de abrir “fuego de goma” a discreción… simplemente fue incapaz de pensar, y eso tiene muchos sinónimos que prefiero reservarme.

El juego de las culpas es claro y contundente, la tragedia de Chalchihuapan exhibe una violación escandalosa de los derechos humanos, una vulnerabilidad escalofriante del estado de derecho que no podemos permitir, que en Puebla no puede volver a ocurrir.

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1 comentario

Archivado bajo Columna, Política

Una respuesta a “EL JUEGO DE LAS CULPAS

  1. IA

    Es bueno tu texto.
    Saludos.

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