ACCIÓN NACIONAL Y LOS CAMINOS DE LA COMPLACENCIA

Cordero VS. Madero
Manuel Gómez Morín, una mañana del 14 de septiembre de 1939, desde la piedra bautismal de su partido vislumbró a la perfección el futuro incierto, la cartera de riesgos y las potencialidades de perversión de su novel instituto político. A la manera de un oráculo reaccionario señaló que los panistas “no tenían el apetito de un triunfo próximo” y que tampoco estaban preparados “para las responsabilidades de ese triunfo”. Los términos de su discurso claramente encubrían una verdad que tardaría medio siglo en confirmarse: la victoria electoral sería letal para el PAN pues traería, en vez certezas y estabilidad, divisiones y dilemas.

Desde sus orígenes Acción Nacional se proyectó como un partido confesional, de férrea doctrina, sin embargo nunca encajó en los principios del liberalismo y mucho menos en la tradición conservadora del sigo XIX mexicano. Este singular complexio oppositorum cobró estragos en 1976 entre “doctrinarios”, militantes apegados al ideario social de la Iglesia y a los principios radicales del Concilio Vaticano II; y “neopanistas”, activistas que demandaban apertura organizacional y un posicionamiento claro por parte del partido en torno a las protestas antiautoritarias que colmaban la plaza pública. El neopanismo de José Ángel Conchello, el mismo que llevó a Vicente Fox a la presidencia de la República, ganó la partida y desde entonces el PAN se instaló al centro de la indignación pero a kilómetros de la protesta.

Por default Acción Nacional capitalizó la democratización de los procedimientos electorales, los cambios sociales motivadas por las crisis económicas recurrentes, las transformaciones profundas en la cultura política, la pugna por la descentralización en virtud de las deficiencias de su estructura organizativa y la debilidad de su representación territorial; fallas de origen que con las cartas credenciales del nulo esfuerzo lo encumbraron como “el receptor pasivo de la protesta” –en alusión a una sentencia que hiciera famosa Soledad Loaeza–. No obstante el pluralismo limitado de los años noventa y “su ofensiva anti-centralista” lo forzaron a tender alianzas con los sectores y corporaciones relegadas desde la era cardenista: la Coparmex, la Concanaco, así como añejos y trasnochados baluartes del “ultraderechismo” católico como el famoso Yunque, entre otras asociaciones civiles ligadas al activismo de los escapularios, reaparecieron en el corazón de la pugna centro-periferia como sus aliados estratégicos, supliendo su déficit de movilidad nacional.

Desde 1997 a la fecha han trascurrido seis cámaras con gobiernos tendencialmente divididos, en ese lapso el Partido Acción Nacional ha transitado de la inacción nacional a “la oposición leal”; no obstante un par de sexenios ocupando Los Pinos bastaron para extraviar el camino de la descentralización proyectado por los ideólogos del partido: para el PAN la alternancia significó sepultura, el liderazgo cuestionado de Gustavo Madero y la catarsis que implicó su colaboración en el Pacto por México transformaron al partido en una “oposición complaciente”, como acertadamente señaló Ernesto Cordero. Los saldos rápidamente irrumpieron en la cartografía electoral: Acción Nacional vio la luz del sexenio de Peña Nieto con menos gobernadores, diputados federales, senadores y presidentes municipales, con un millón menos en las listas de su militancia nacional, y con una escisión histórica que está apunto de vivir una arenga trágica el próximo domingo 18 de mayo.

La crisis es contundente, los doctrinarios de antaño podrán permanecer en el discurso de los líderes y militantes reverenciados, pero definitivamente están exiliados de la acción política del partido; mientras que los neopanistas se han dividido en dos frentes irreconciliables: “pragmáticos de filiación flexible”, también llamados maderistas; y “renovadores de tendencia centrífuga”, que hoy –mañana quien sabe– se hacen llamar corderistas. Lejos de atenuar la fractura, la elección interna la llevará al extremo de la glorificación. A pesar del vuelco democratizador de la XVII Asamblea Nacional Extraordinaria donde en una votación “a mano alzada” la base de la militancia decidiera arrebatarle al Consejo Nacional la elección de los presidentes de los Comités Directivos Estatales y Municipales, así como del propio Comité Ejecutivo Nacional, “los místicos del voto” y “el panismo histórico” están condenados al museo y al fracaso. Gómez Morín lo vislumbró con mucha precisión: el PAN no está preparado “para las responsabilidades del triunfo”.

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Archivado bajo Columna, Política

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