Archivo mensual: mayo 2014

LA #LEYBALA O EL SÍNDROME DEL GRANADERO JURISTA

Rafael Moreno Valle BUAP

Versa el decreto publicado el pasado 19 de mayo en el Periódico Oficial del Estado de Puebla: “el uso de la fuerza legítima es un mecanismo para la restauración de la estabilidad social y del orden colectivo, siempre y cuando exista imposibilidad de hacer cumplir la ley por otras formas (…) la policía tiene entre sus funciones ejercer la prevención y represión de hechos delictivos (…) la presente iniciativa propone regular el empleo de la fuerza para la salvaguarda de la integridad, derechos y bienes de las personas”.

Pese a la aparente claridad del alegato surgen preguntas inquietantes: ¿bajo qué criterio una protesta social se convierte en un acto delictivo?, ¿quién decide y enjuicia entre una manifestación legal y cualquier otra que “merezca” ser reprimida con el uso de “la violencia legítima”?, ¿desde cuándo es legal y racional reemplazar los poderes neutros y las figuras de control constitucional con el uso de la fuerza para la protección de los derechos humanos?, ¿cuáles serán las sanciones que incurran bajo el supuesto de que un granadero, al calor de la protesta en la plaza pública, reprima ilegítimamente en aras de la protección de los derechos y la estabilidad social?

Ninguna de estas interrogantes encuentra respuesta concreta en aquello que las redes sociales han bautizado con clamoroso sincretismo como la #LeyBala. No la encuentra por la sencilla razón de que la nueva norma, por las múltiples lagunas, vaguedades y prejuicios que encubre, constituye un grosero abuso de poder por parte de la LIX Legislatura y, por añadidura, del Ejecutivo del estado. Para ningún jurista es un secreto que no existe la fuerza o la violencia legítima, ese prejuicio enarbola el peligro de que toda represión que provenga de los órganos facultados por el Estado, únicamente por su origen e implementación, ocurre necesariamente con apego a derecho; en todo caso la facultad de obligar y coaccionar, connatural al poder público, es racional –con apego a valores, obligaciones y garantías– antes que legítima y nunca atraviesa, en primer instancia, por la fuerza.

El artículo tercero de la nueva Ley, fracción VI, arroja más luces al respecto: “el uso de la fuerza será inmediato, es decir en el momento preciso en que se requiera para evitar o neutralizar el daño o peligro de que se trate, no antes ni después”. La implicación es obvia: si esta norma nos otorga algún derecho es a sustraernos de la protesta, aquí el tribunal de la incertidumbre abre un foso pernicioso –y altamente ventajoso para la Secretaría General de Gobierno– entre aquello que para el poder público es un peligro y para otros es un derecho legítimo pues, frente a una manifestación que ejerce actos de resistencia, la Secretaría de Seguridad Pública en apelación a la normatividad podrá asegurar que se trató de un abuso y aplicar sus medidas extraordinarias, y legalmente nada podría objetar que se trató de un operativo donde la fuerza pública fue aplicada “legítimamente, para salvaguardar los derechos de las personas”.

Y si ahondamos en el decreto la perversión es todavía más grande. El primer párrafo del artículo sexto aclara que “el uso legítimo de la fuerza por parte del elemento policial, se realizará siempre como última medida” en ciertos casos; la fracción III precisa que “con el fin de prevenir la comisión de conductas ilícitas”; no obstante el párrafo segundo de ese mismo artículo asegura que “queda prohibido el uso de la fuerza en contra de las personas por simple sospecha”. La sentencia insulta la inteligencia: ¿acaso por sospecha no puede usarse la violencia para “prevenir conductas ilícitas”? Y a todo esto, ¿la sospecha de quién? Paren las prensas: la #LeyBala ha elevado a nuestros nobles granaderos al estatus de auténticos juristas, pues toda la redacción descansa en la existencia del “buen criterio” del elemento policial. Claramente la normatividad nos lleva al extremo de concebir a la autoridad estatal como potencial agresora de los derechos humanos esenciales, así como del bienestar de la comunidad, pues exhibe un marco legal que en el peor de los escenarios está facultado para encubrir una injusticia legitimada y, en consecuencia, un auténtico “no-derecho”.

Frente a la gravedad del caso llama poderosamente la atención el silencio de Adolfo López Badillo, presidente de la Comisión de Derechos Humanos del Estado de Puebla; el sincretismo de las declaraciones de Raúl Plascencia Villanueva, presidente de la CNDH que, con un doctorado honoris causa en mano, se salió por la tangente frente a las preguntas de la prensa en el Paraninfo del edificio Carolino; y ya que estamos en esas tampoco podemos obviar la exagerada complacencia de Alfonso Esparza, así como la ausencia de un posicionamiento institucional por parte de la BUAP frente a la legalidad de una norma desprovista de todo derecho. El silencio de la máxima casa de estudios exhibe una nueva relación con el gobierno, enmarcada en una lamentable forma de complicidad; hasta el momento únicamente la Universidad Iberoamericana se ha atrevido a emitir una nota de extrañamiento. Así el estado del orden constitucional democrático en Puebla.

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ACCIÓN NACIONAL Y LOS CAMINOS DE LA COMPLACENCIA

Cordero VS. Madero
Manuel Gómez Morín, una mañana del 14 de septiembre de 1939, desde la piedra bautismal de su partido vislumbró a la perfección el futuro incierto, la cartera de riesgos y las potencialidades de perversión de su novel instituto político. A la manera de un oráculo reaccionario señaló que los panistas “no tenían el apetito de un triunfo próximo” y que tampoco estaban preparados “para las responsabilidades de ese triunfo”. Los términos de su discurso claramente encubrían una verdad que tardaría medio siglo en confirmarse: la victoria electoral sería letal para el PAN pues traería, en vez certezas y estabilidad, divisiones y dilemas.

Desde sus orígenes Acción Nacional se proyectó como un partido confesional, de férrea doctrina, sin embargo nunca encajó en los principios del liberalismo y mucho menos en la tradición conservadora del sigo XIX mexicano. Este singular complexio oppositorum cobró estragos en 1976 entre “doctrinarios”, militantes apegados al ideario social de la Iglesia y a los principios radicales del Concilio Vaticano II; y “neopanistas”, activistas que demandaban apertura organizacional y un posicionamiento claro por parte del partido en torno a las protestas antiautoritarias que colmaban la plaza pública. El neopanismo de José Ángel Conchello, el mismo que llevó a Vicente Fox a la presidencia de la República, ganó la partida y desde entonces el PAN se instaló al centro de la indignación pero a kilómetros de la protesta.

Por default Acción Nacional capitalizó la democratización de los procedimientos electorales, los cambios sociales motivadas por las crisis económicas recurrentes, las transformaciones profundas en la cultura política, la pugna por la descentralización en virtud de las deficiencias de su estructura organizativa y la debilidad de su representación territorial; fallas de origen que con las cartas credenciales del nulo esfuerzo lo encumbraron como “el receptor pasivo de la protesta” –en alusión a una sentencia que hiciera famosa Soledad Loaeza–. No obstante el pluralismo limitado de los años noventa y “su ofensiva anti-centralista” lo forzaron a tender alianzas con los sectores y corporaciones relegadas desde la era cardenista: la Coparmex, la Concanaco, así como añejos y trasnochados baluartes del “ultraderechismo” católico como el famoso Yunque, entre otras asociaciones civiles ligadas al activismo de los escapularios, reaparecieron en el corazón de la pugna centro-periferia como sus aliados estratégicos, supliendo su déficit de movilidad nacional.

Desde 1997 a la fecha han trascurrido seis cámaras con gobiernos tendencialmente divididos, en ese lapso el Partido Acción Nacional ha transitado de la inacción nacional a “la oposición leal”; no obstante un par de sexenios ocupando Los Pinos bastaron para extraviar el camino de la descentralización proyectado por los ideólogos del partido: para el PAN la alternancia significó sepultura, el liderazgo cuestionado de Gustavo Madero y la catarsis que implicó su colaboración en el Pacto por México transformaron al partido en una “oposición complaciente”, como acertadamente señaló Ernesto Cordero. Los saldos rápidamente irrumpieron en la cartografía electoral: Acción Nacional vio la luz del sexenio de Peña Nieto con menos gobernadores, diputados federales, senadores y presidentes municipales, con un millón menos en las listas de su militancia nacional, y con una escisión histórica que está apunto de vivir una arenga trágica el próximo domingo 18 de mayo.

La crisis es contundente, los doctrinarios de antaño podrán permanecer en el discurso de los líderes y militantes reverenciados, pero definitivamente están exiliados de la acción política del partido; mientras que los neopanistas se han dividido en dos frentes irreconciliables: “pragmáticos de filiación flexible”, también llamados maderistas; y “renovadores de tendencia centrífuga”, que hoy –mañana quien sabe– se hacen llamar corderistas. Lejos de atenuar la fractura, la elección interna la llevará al extremo de la glorificación. A pesar del vuelco democratizador de la XVII Asamblea Nacional Extraordinaria donde en una votación “a mano alzada” la base de la militancia decidiera arrebatarle al Consejo Nacional la elección de los presidentes de los Comités Directivos Estatales y Municipales, así como del propio Comité Ejecutivo Nacional, “los místicos del voto” y “el panismo histórico” están condenados al museo y al fracaso. Gómez Morín lo vislumbró con mucha precisión: el PAN no está preparado “para las responsabilidades del triunfo”.

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LA VIRGEN DEL DESFILE

Virgen 05 de Mayo, Puebla

“Cualquiera que transmita signos se ocupa de gobernar;

cualquiera que gobierne se ocupa de transmitir”

Régis Debray

Hace tres décadas un filósofo francés llamado Régis Debray publicó un ensayo apabullante sobre la “eficacia simbólica” del arte de gobierno que, según su opinión, “tiene menos arte y más mecanismo de lo que el artista supone”.

La idea viene a cuento por una omisión premeditada en todas las páginas editoriales de las casas informativas del más alto prestigio en Puebla, hasta el momento que transcurre ningún columnista, ninguna pluma con achaques analíticos se ha atrevido a abordar con seriedad un tema de la más grande trascendencia simbólica: en el marco del 152 aniversario de la gesta heroica de 1862, en un desfile cívico-militar plagado de republicanismo, una virgen –glorificada a la manera de una gran botarga– con “un niño Dios en brazos” compartió el boulevard 5 de Mayo con los cadetes del Heroico Colegio Militar; con las fuerzas armadas representadas por las unidades operativas y los escuadrones especiales de la secretaría de la Defensa Nacional y la Marina; marchó a la par de los contingentes de zacapoaxtlas, tetelas y xochiapulcas tan dignificados por la historia oficial; y además lo hizo entre los uniformes relucientes de bandas de guerra y jóvenes estudiantes matriculados en escuelas públicas y centros escolares, laicos y gratuitos, de gran prestigio entre los poblanos. La desafortunada ocurrencia terminó en un desprecio imperdonable por la historia, en una terrible afrenta al ideario liberal y al Estado secularizado; dos de las grandes consignas de los ejércitos republicanos a las órdenes del Gral. Ignacio Zaragoza.

Insisto, se trata tan sólo de una acción simbólica, y en consecuencia de la más grande trascendencia. La idea temática que originalmente se proyectó para el desfilen no era tan mala: hacer de la marcha de los contingentes la marcha de la historia, mostrar las raíces de una nación multicultural atravesada por la batalla de 1862 para, en un momento posterior, enarbolar la impronta que dejó el Fuerte de Guadalupe en los acontecimientos de la historia nacional reciente. No pareció extraña la osadía para los más de 30 mil asistentes que desde las cinco de la mañana aguardaban en gradas un desfile que no ocurrió sino hasta después del mediodía; el gobierno de Rafael Moreno Valle nos ha acostumbrado a grandes ideas acompañadas de pésimas realizaciones: accidentado y con un “discurso artístico” rupestre y contradictorio un carro alegórico de Benito Juárez abrió paso a los zacapoaxtlas seguidos de Abraham Lincoln y las escenas de la guerra civil norteamericana; acto seguido la locomotora de la revolución anticipó la firma de la Constitución de 1917 con la leyenda “sufragio efectivo, no reelección” –un principio recientemente trastocado por la reforma electoral–, reforzado por las consignas de los derechos sociales y políticos del México posrevolucionario –ni una sola mención a los derechos laborales–; mientras que “La nueva democracia” de David Alfaro Siqueiros y un submarino “nazi” aderezaron el caos apelando a la Segunda Guerra Mundial; al tiempo que charros y huehues tropezaban con bandas y contingentes de estudiantes completando el cuadro de una borrachera temática memorable.

Banalidad, farándula y grandilocuencia son los signos ineludibles de la presente administración. La tragedia estriba en que no han parado en un simple desfile: millones de pesos se han erogado en un concreto hidráulico que nos ha despojado de nuestras banquetas y taponeado alcantarillas; se ha publicitado una cifra histórica en la construcción de nuevas clínicas y hospitales mientras retrocedemos en los indicadores nacionales de la pobreza alimentaria; un ambicioso programa de reemplacamiento avanza mientras la calidad del Sistema Ruta y del transporte público son cada vez más deficientes; una rueda colosal se erige como parte del firmamento poblano, su costo representa tres cuartas partes del presupuesto anual del Poder Judicial en el estado, mientras las víctimas del delito esperan en los ministerios públicos por un médico legista, un perito o un defensor de oficio; ese otro desfile, plagado de vulnerabilidad e indiferencia, transcurre frente a los modernos ventanales del Fuerte de Guadalupe, mudo testigo del “deslinde a sueldo” de los trabajadores del INAH que han hecho de su protesta disimulada una forma de complicidad. En fin, “transgresión de todos los principios”, no podría definirse de otra forma.

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