LA NOCHE DE LOS PRIÍSTAS TRISTES

The Simpsons

¿Cómo ha procesado el PRI el descalabro electoral del domingo pasado? De la peor forma posible, acostumbrados a los tiempos del partido hegemónico, del populismo de Melquiades Morales o de las argucias criminales del “góber precioso”, la inmensa mayoría de los priistas no están capacitados para administrar la derrota: los cuadros más importantes del partido, instalados en un discurso psicópata, han optado por la descalificación y el descrédito; los militantes duros, aquellas curiosas creaturas pertenecientes a un mundo político casi extinto, aún no salen del shock que les provocó ver su suerte detrás de las facturas de una derrota histórica y humillante; mientras que sus simpatizantes, con la candidez que les caracteriza, han hecho de la indiferencia su refugio temporal.

Al interior de la entidad la crisis del PRI ha alcanzado niveles inimaginables: la Coalición 5 de Mayo únicamente el nombre tuvo de flamante, ni en Zacapoaxtla triunfó, los bastiones del otrora “partidazo” quedaron reducidos a las zonas de Tepeaca, Acatlán de Osorio, Tehuacán Sur y Ajalpan, distritos –18, 23, 25 y 26 respectivamente– donde el Revolucionario Institucional obtuvo votaciones respetables y en algunos casos hasta nos sorprendió con victorias contundentes. La fórmula proyectada por Casa Puebla resultó impecable: un gerrymandering aderezado con partidos de ocasión –PT, PSI y Movimiento Ciudadano– y de coalicionismo flexible circundó los bordes de una gran alianza construida gracias al reparto de lugares en las listas de proporcionalidad, así como en las fórmulas de representación directa, hecho que sin duda le permitirá a Rafael Moreno Valle continuidad en su inmenso margen de maniobra legislativa.

En la capital del estado la debacle dista de ser menos grave: la Coalición Puebla Unida le cambió la placa y el color “al carro de la revolución”; únicamente en el Distrito 16 el PRI presentó votaciones competitivas, aunque al final no sirvió de mucho pues Víctor Manuel Giorgana se quedó con las ganas de repetir cargo en el Congreso del Estado. Y aunque prácticamente el Revolucionario Institucional “desapareció del mapa” electoral, no repiquemos las campanas de la democracia, pues desde hace varios años Puebla está inscrita en la lógica de un autoritarismo competitivo.

Desde luego la candidatura a la presidencia municipal de Puebla, en virtud de los resultados obtenidos –alrededor de 10 puntos porcentuales y 55 mil votos por debajo de la fuerza política más votada–, merece una mención aparte: el único mérito de Enrique Agüera consistió en saber administrar la abundancia de la máxima casa de estudios, su discurso, campaña y propaganda intentaron infructuosamente adueñarse del esfuerzo de una comunidad plural de alumnos, docentes y personal administrativo; ese fue su primer error. El segundo consistió en desplazar a los operadores tradicionales del PRI, los únicos que con su conocimiento del terreno podrían asegurarle alguna posibilidad de triunfo; por el contrario prefirió confiar en su gente que sabe “convencer” estudiantes pero que desconoce el comportamiento de electores y votantes, “generales con medallas de chocolate” que por primera vez salieron de Ciudad Universitaria para incursionar en el campo de batalla. La tercera falla fue todavía más simple: detrás de su discurso sobre la persona humana nunca se asomó el ciudadano y sus necesidades reales; mientras que el manejo de su imagen parecía que estaba en manos de sus adversarios, el inmejorable posicionamiento de su nombre terminó reducido al uso y abuso de una simple vocal, un signo de mal gusto que llevó a pique su campaña en tiempos donde la imagen y el cuerpo son los instrumentos idóneos de la acción política. El cuarto inconveniente era casi inevitable, el origen y justificación de su inmensa fortuna, evidentemente las demandas infundadas y las declaraciones improvisadas no fueron la forma más inteligente de atajar la situación.

Moraleja de esta triste novela: cuando de fórmulas y de candidaturas se trate la militancia y el trabajo de base deben llevar la primicia; y aunque en política no hay victorias duraderas ni derrotas perpetuas, dependerá de la unidad de los priístas y de la disposición de su clase política la regeneración de su agenda y la capitalización de su derrota.

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