ACCIÓN NACIONAL Y LA ESCATOLOGÍA DE LA ESCISIÓN

Ernesto Cordero

El sistema de partidos está vaciado de principios, las muestras doctrinarias, pragmáticas y hasta escatológicas mostradas por el Partido Acción Nacional en los últimos meses son prueba contundente de su ideario perdido, de su abdicación opositora y de su complacencia manifiesta. Un par de sexenios habitando la casona de Los Pinos les bastaron para extraviar el camino proyectado por sus fundadores desde los años 40, para Acción Nacional la alternancia significó sepultura y la derrota de 2012 obituario manifiesto, lejano en el tiempo ha quedo aquel partido que sin menoscabar la tradición irrumpía en la vanguardia proponiendo reformas electorales que se anticipaban por casi medio siglo a la liberalización de los años 80 y a la democratización de los 90. Poco a poco, en una metamorfosis singular el PAN ha transitado del espectro de la “oposición leal” al “partido satelital”; en tanto la sumisión y la complicidad frente al Ejecutivo constituyen las bases de su ADN político.

En ese contexto la deposición de Ernesto Cordero como coordinador de la bancada del PAN en el Senado de la República, lejos de representar la primicia de una disciplina manifiesta, constituye una muestra común de lealtad que sistemáticamente, sexenio tras sexenio, el CEN de Acción Nacional ofrenda al presidente en turno. Y sin embargo la novedad subsiste en el hecho de que nunca antes una embestida operada por la coalición dominante del blanquiazul había sido capaz de detonar una escisión legislativa de proporciones irreconciliables.

En tiempos de triangulaciones que exhiben toda clase de tráfico de influencias y malversación de recursos públicos; de empresas y televisoras coludidas con una estructura de competencia desleal por el poder; en plena utilización de una maquinaria capaz de lucrar con la pobreza mediante programas sociales destinados a condicionar el voto; y frente a la impunidad de candidatos y partidos que han hecho del derroche y el lavado de dinero los fundamentos de su proselitismo; la bancada de Cordero, “por la libre” y en pleno desafío al liderazgo de Gustavo Madero, ha decidido trabajar una iniciativa de reforma electoral aparentemente destinada a combatir cada uno de estos males.

La escisión rápidamente cobró los tintes de la dualidad propositiva: en un extremo de la Plaza Tolsá, en el Palacio de Minería y bajo la batuta del Pacto por México, se presentaron las intenciones de un “cuarto poder”, electoral y centralizado, destinado a acabar con los institutos electorales de los estados y las prerrogativas de los gobernadores en la materia; al día siguiente, curiosamente desde la Casona de Xicoténcatl, Ernesto Cordero y Miguel Barbosa –coordinador de la bancada del PRD en el Senado– haciendo lo propio enarbolaron la segunda vuelta como una alternativa que “ipso facto” –según se dijo– permitirá una alternancia opositora, además de haber reforzado su modelo alternativo de régimen electoral con los aditamentos propios de la descentralización y la autonomía de los órganos electorales.

Por más  anecdótico que resulte, por un lado que al “PRIAN” –inolvidable escatología en el discurso de López Obrador– bajo la efigie del Pacto por México haya aceptado al PRD como su inquilino temporal; y por otro que un nuevo frankenstein coalicionista, producto de la ruptura y del acuerdo entre senadores incómodos del PAN y el PRD, al margen de sus rivalidades históricas hayan llegado a un acuerdo electoral común. En fin, pese a la extravagancia de los hechos, la tragedia se impone exhibiendo la pérdida del monopolio por parte de los diputados y senadores de la deliberación y aprobación de las iniciativas de reforma. Como nunca antes la producción legislativa ha abandonado las cámaras, se ha desvanecido la balanza entre poderes; por el contrario el debate parlamentario ocurre extramuros, entre coaliciones de intereses y actores con poderes de veto que en ningún momento apelan ni provienen del sufragio de los ciudadanos. En definitiva el sistema de partidos está vaciado de principios.

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