PEQUEÑA CRÓNICA DE DIEZ DÍAS

WP 17

La cadena de sucesos que llevaron al asesinato de Francisco I. Madero comenzó la mañana del 9 de febrero de 1913: los generales Berardo Reyes y Félix Díaz fueron liberados por la fuerza; el primero de la prisión de Santiago Tlatelolco y el segundo de la penitenciaría de la Ciudad de México. Con el apoyo de tropas federales disidentes ambos líderes marcharon rumbo a Palacio Nacional que en principio debía estar ocupado por las tropas rebeldes; Gustavo Madero, advertido a tiempo de la naturaleza del complot, recuperó sagazmente el edificio y de inmediato el general Lauro Villar, comandante de la guarnición de la ciudad, se sumó para dirigir la defensa contra el inminente ataque. Cuando las columnas de Reyes arribaron las tropas de Villar abrieron fuego a discreción cobrando la vida del exgobernador de Nuevo León junto con 200 de sus hombres. En ese momento el presidente se encontraba en el Castillo de Chapultepec, escoltado por un regimiento de jóvenes cadetes del Colegio Militar marchó hasta el sitio de la emboscada, frente a los cimientos del actual Palacio de Bellas Artes instruyó al general Victoriano Huerta para comandar la defensa de la Ciudadela.[1]

El primer acto del único golpe de Estado que registraría el siglo XX mexicano estaba consumado. Al mando de una “defensa disimulada” Huerta inauguró “la decena trágica” a la manera de un duelo de artillería sostenido entre la fracción disidente del ejército y las tropas que, permaneciendo leales al gobierno,  en definitiva se encontraban bajo las órdenes de un conspirador de ocasión. El resultado no pudo ser más que infame: la población civil fue el principal blanco de un ejército inadvertidamente escindido.

El presidente Madero, permanentemente engañado por los informes del general que comandaba su pueril defensa –e intuyendo muy poco al respecto–, viajó a Cuernavaca para solicitarle al general Felipe Ángeles refuerzos en la Ciudad de México: en menos de dos días arribaron a la capital cerca de 2 mil soldados que fácilmente pudieron desalojar a los 400 rebeldes que ocupaban La Ciudadela. Sin embargo el general Huerta, previniendo las tácticas de Madero, literalmente mandó a los refuerzos por donde vinieron argumentando un supuesto ataque de Emiliano Zapata. Aunque no había indicio que hiciera posible una colaboración entre el Ejército Libertador del Sur y Félix Díaz, un general de altos vuelos como Felipe Ángeles aparentemente “se tragó el cuento” y acató la orden sin cuestionar.[2]

Desde luego Gustavo Madero tenía una actitud muy distinta, atormentado por las dudas resolvió apresar a Huerta a punta de pistola; a las pocas horas fue liberado y reinstaurado por una orden expresa del presidente Madero, acompañada de una disculpa forzada a causa del “comportamiento tan impulsivo” mostrado por su hermano. La espada de Damocles pendía sobre la cabeza del incauto presidente: el 15 de febrero por sugerencia de Henry Lane Wilson, y con el apoyo de los representantes de las naciones de Inglaterra y Alemania, el ministro plenipotenciario del gobierno español solicitó la renuncia del presidente de México. Indignado por la tenaz provocación “diplomática” Madero aseguró que “prefería morir en el cargo” antes de ceder ante presiones extranjeras; sus palabras serían proféticas.[3]

Una maniobra tan arriesgada como el golpe que se estaba gestando requería del acuerdo tácito entre los protagonistas de la arenga trágica: Wilson llamó a Félix Díaz y a Victoriano Huerta al edificio de la Embajada Norteamericana para sellar un pacto que en el pecado llevaría la penitencia.[4] El día 18 la arenga pretoriana se consumó con magistral pulcritud: Huerta compartía los alimentos con Gustavo Madero en el restaurante Gambrinus mientras el general Aureliano Blanquet arrestaba al Francisco I. Madero, a José Ma. Pino Suárez y a Felipe Ángeles junto con los miembros todavía leales del gabinete. Durante las horas que estuvieron en cautiverio muchos legisladores fueron obligados a renunciar, en protesta algunos abandonaron el recinto dejando el Congreso sin quórum suficiente frente a la posible designación de un Ejecutivo ad interim. El general Huerta, aún frente a su incauto comensal, telefoneó a Palacio Nacional para confirmar el éxito de la embestida, acto seguido acribilló a quién días a atrás lo había arrestado; días después corrió la misma suerte el presidente de México. En ese momento todavía el reloj de Catedral no marcaba las dos de la tarde, dos horas atrás desvergonzadamente Henry Lane Wilson ya había cablegrafiado a su departamento de Estado anunciando, en plena antesala al discurso de la sociedad de las naciones, el tenaz derrocamiento de un presidente democráticamente electo.[5]

No obstante la justificación de las acciones golpistas descansaba en un causal de legitimidad ya establecida: el orden político instaurado por los antirreeleccionistas era incapaz de satisfacer las demandas periféricas sin poner en riesgo las variables de persistencia de la gobernabilidad nacional. En una palabra para la vieja clase política resultaba un imperativo regresar a los equilibrios de la pax porfiriana, “cortarle la cabeza” al símbolo por excelencia del clamor reformista para, en un momento posterior, erradicar el movimiento de las rebeliones periféricas. De acuerdo con lo estipulado por Constitución de 1857 era el secretario de Relaciones Exteriores, en ese momento Pedro Lascurain, quién tendría que asumir la titularidad del cargo; cumpliendo con su encargo el secretario designó al general Huerta ministro del Interior, acto seguido renunció para que “el último general porfirista” entrara en funciones con una mínima fracción del Congreso en sesión y bajo el mote de “usurpador”.[6]


[1] Charles C., Cumberland, Madero y la revolución mexicana, México, Siglo XXI, 1977, pp. 268-270.

[2] Alan Knight, The mexican revolution: from porfiriato to revolution, volume I, Nebraska, University of Nebraska, 2003, pp. 482-487.

[3] La posición de la Casa Blanca con respecto a Madero pasó de cierta simpatía a la hostilidad abierta. Las razones pueden explicarse desde varios frentes: parte se entiende por la negativa del gobierno mexicano en otorgar compensaciones por pérdidas de vidas y propiedades a extranjeros; otra descansó en la promoción de la inmigración europea, acompañada de la proliferación de sentimientos altamente nacionalistas que cundieron en la intención de implementar un servicio militar obligatorio; sin embargo la más significativa de todas descansó en que el presidente Madero incumplió un pacto con la Casa Blanca que implicaba ceder la pujante industria petrolera mexicana a la Estandar Oil Company así como el ferrocarril del Istmo a Ferrocarriles Mexicanos –una empresa norteamericana– a cambio del apoyo político y financiero brindado. Friedrich Katz, De Díaz a Madero: orígenes y estallido de la revolución mexicana, México, Era, 2006, pp. 97-98.

[4] El Pacto de la Embajada fue sellado el 17 de febrero de 1913 por Henry Lane Wilson, Victoriano Huerta y Felix Díaz. El acuerdo tenía por objeto el desconocimiento de Francisco I. Madero al igual que el establecimiento de una convocatoria que permitiera al general Huerta asumir la presidencia provisional en un plazo no mayor a 72 horas. Charles, C., Cumberland, La revolución mexicana: los años constitucionalistas, México, Fondo de Cultura Económica, 1980, pp. 63-64. Cumberland, Madero, 1977, pp. 272-273.

[5] Cumberland, Madero, 1977, p. 269; Revolución, 1980, p. 25.

[6] Cumberland, Madero, 1977, p. 274.

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