UN RETORNO DE TERCIOPELO

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México, tras el auge y caída de una dictadura partidistas de 70 años de persistencia, elección tras elección; desde aquellos ordenamientos tan arcaicos de 1977, pasando por la llamada “reforma definitiva” de 1996, por una alternancia histórica que abrió paso a la instauración de un nuevo régimen, sin olvidar la coyuntura crítica que exactamente hace un sexenio fue capaz de poner en duda, y de refundar un año después las instituciones y los procedimientos democráticos; proceso tras proceso los ciudadanos de este país hemos reproducido la misma teología: hemos creído en las virtudes del sufragio.

Apegados a la sacralidad de nuestra tradición republicana, que curiosamente nunca ha negado a las urnas como el mecanismo decisivo, de distinción entre representantes y representados, con la anuencia de unas cuántas elecciones competitivas y en un mar de comicios plebiscitarios o abiertamente semicompetitivos; en suma, a lo largo de 16 elecciones presidenciales –y un número exorbitante de comicios locales– que desde 1920 registra nuestra historia: nunca antes el voto, ni siquiera en los momentos más oscuros de este país, se le ha despojado de sus poderes curativos, de su amplitud renovadora, de su connatural capacidad de hacer posible un nuevo comienzo.

El PRI retorna por la fuerza de los sufragios, regresa a tomar el control de la oficina central de Los Pinos durante los próximos seis años. Las viejas prácticas, en virtud del lugar de prominencia que ostentará la bancada del Revolucionario Institucional en la LXII Legislatura, experimentarán un renacimiento singular: la metaconstitucionalidad del poder Ejecutivo, las tratos corporativos, la discrecionalidad de un solo partido en el manejo de los recursos y elaboración de políticas públicas, el poder selectivo con el que contarán las cúpulas del tricolor concentradas en los comités estatales y locales de sus dirigencias, el fortalecimiento del margen de maniobra de los gobernadores de un solo partido; en fin, cada uno de estos viejos procedimientos, aletargados durante 12 años de alternancia, irrumpirán predando el espacio público a causa de la ausencia de un sistema de contrapesos capaz de impedir que aquel que detenta el poder no intente abusar del mismo.

En el futuro inmediato presenciaremos el renacimiento de un autoritarismo singular, capaz –en un absoluto contrasentido– de coexistir con elecciones competitivas, sin opciones, o más bien dicho con oposiciones incapaces de constituirse como un gobierno alternativo. En definitiva hoy se abre una incógnita que recorre a voces la conciencia colectiva de muchos ciudadanos: “¿de qué sirve mi decisión?” Elecciones irán y vendrán en México, lo cierto es que para un sector significativo del electorado el voto ha perdido cualquier tipo de utilidad. Nuestra democracia, amén de la pulcritud de los procedimientos y de la transparencia sobre el funcionamiento de nuestras instituciones, en una transgresión total a los principios, ha decidido por la fuerza de los sufragios abrirle las puertas del sistema político mexicano al mismo partido que durante 70 años se mantuvo bajo procedimientos francamente autoritarios. No hay cambio posible en el retorno; no hay transformación positiva en la restauración.

Nuestra democracia se ha quebrantado de principio. No hay lugar para la pluralidad de las visiones, para los muchos proyectos y las tendencias. En una palabra: nuestro futuro inmediato estará plagado de un minimalismo político espeluznante.

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7 comentarios

Archivado bajo Columna, Política

7 Respuestas a “UN RETORNO DE TERCIOPELO

  1. “La democracia es un sistema que casi todos los partidos y movimientos políticos dicen buscar pero que casi ninguno respeta y practica cuando alcanzan el poder .”

    Luis Pazos
    Democracia a la mexicana

    La esencia de la democracia
    Pag 73

  2. Raúl Cervantes Torres

    Hoy están rotos los consensos nacionales básicos y socavada la confianza de los mexicanos en su país. Creo que padecemos de una crisis de identidad. Padecemos de ese síndrome de impotencia social ante las vejaciones impuestas por las instituciones en México.
    Morelos dijo que la buena ley es superior a todo hombre, y en nuestro país el hombre es superior a cualquier ley.
    Daniel Cosio Villegas (El sistema político mexicano) concluye que las dos piezas principales de nuestro sistema político son un poder ejecutivo —o más específicamente, una presidencia de la república—con facultades de una amplitud excepcional, y un partido político oficialmente predominante, que se creyó más de una vez se encontraba en el anonimato, perdido y sin rumbo alguno. El regreso del partido hegemónico y el exacerbado presidencialismo harán que no exista un cambio verdadero y posible. No hay un liderazgo democrático, ni lo habrá.

  3. La democracia mexicana se alimenta de la expectativa de transformar los intereses propios (de la dictadura perfecta) en política común (reformas político electorales). Ya lo dijo Silva-Herzog ¡romper el principio democrático elemental!

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